Gobernar con ataúdes

La casa de interés social donde vive la familia Segovia, a mitad de la calle Villas del Portal, está sumida en un silencio de medianoche que, sin embargo, zumba en los oídos. Las horas posteriores a la masacre de 16 personas, la mayoría de ellos adolescentes nacidos y crecidos en este barrio, pasan como tiempo embrujado. Abundan leyendas y mitos sobre lo sucedido, pero escasea información dura y concluyente.

En un rincón de la sala de los Segovia, junto a una cortina roja con detalles blancos y acomodado de tal forma que parece un mueble instalado ya hace tiempo cerca de la mesa de madera y el viejo sillón, está un ataúd negro entregado por el gobierno municipal de Ciudad Juárez a los familiares de Jesús Armando, un chico de 15 años que cursaba el tercer año de una secundaria técnica al momento de ser asesinado al estilo de la mafia.

Los cuerpos de los jovencitos masacrados han ido llegando a esta calle desde hace algunas horas, embalsamados y acostados en féretros relucientes por fuera, los cuales fueron donados por la administración local encabezada por el PRI. Quizá el de Ciudad Juárez es el ayuntamiento de todo México que ha entregado más ferétros en la historia a sus ciudadanos.

“Para la otra semana hay que ponerse a checar cuánto ha gastado el municipio en tantos ataúdes y de qué partida está sacando ese dinero”, bromea, con cierto tono macabro, uno de los reporteros locales que también está presente en los funerales de la calle Villas del Portal. El acto de gobernar en esta ciudad, la ciudad más violenta del mundo, implica regalar ataúdes. Y como todo gasto público, la prensa debe vigilar que éste se haga sin corrupción de por medio. “El colmo de esto sería que alguien del municipio esté haciendo negocio con los ataúdes. Y no lo dudes”, concluye el periodista.

Tras la masacre del pasado fin de semana, el alcalde José Reyes Ferriz convocó de inmediato a una conferencia de prensa para hacer un anuncio importante: su gobierno se encargaría de comprar ataúdes para los fallecidos. También dijo que habría atención psicológica para los deudos. He ahí, en la psicología, otra de las industrias en crecimiento en esta ciudad colapsada por la violencia.

Desde la llegada de las fuerzas militares a esta ciudad, el promedio de asesinatos diarios aumentó de dos a cinco en 2008. En 2009 el promedio se elevó a siete. El año pasado hubo más de mil ejecuciones. Los números son fríos, pero el rostro de muchas de estas víctimas es el rostro de maestros universitarios, estudiantes, defensores de derechos humanos, periodistas, burócratas, ingenieros, arquitectos...

Jesús Armando Segovia tenía 15 años y le decían Pelón. A cinco casas de donde ahora es velado, el sábado por la noche, mientras bailaba con amigos, fue asesinado. Afuera de la casa, sentadas en la defensa delantera de una camioneta, una viejecita y otra mujer, familiares del chico, rompen el silencio nocturno y de duelo para reclamarle al presidente Felipe Calderón, quien se encuentra en gira de trabajo por Japón.

“Él bien a gusto paseándose quién sabe en dónde, que haga algo, que haga justicia, es lo que estamos pidiendo. Justicia. La palabra justicia. ¡Ya! Que haga algo. ¿Por qué tanto sufrimiento?, ¿porqué tantas muertes y todo lo que están haciendo? No se vale. Que ya se levante, que no esté sentado nada más viendo lo que está pasando. ¡Ya!”, dice entre lágrimas la más joven.

La otra mujer, una viejita que se protege con un chal en la cabeza del frío de febrero, habla sobre Jesús Armando. “Era un estudiante que no podemos saber ni qué era”, grita delante de unas cámaras de video que se han acercado a grabarla. “Es que ya lo que queremos es que haya una justicia buena”, dice, haciendo aspavientos con los brazos. La otra familiar del chico interrumpe, preguntando a las cámaras: “¿Para qué llegaron los soldados?, ¿para qué llegaron los federales? Supuestamente que para defender. ¿Y luego qué? No están haciendo nada. Nomás se están paseando, no hacen nada. Y todos queremos que hagan algo ya. ¡Que defiendan! Si para eso venieron (sic), que defiendan, que defiendan. Si para eso están aquí, que defiendan. Que no anden viendo quién vende discos piratas. Ellos vinieron a defender y a agarrar a los sicarios y a todos esos que están matando. No es justo, porque la ciudad se va a acabar por culpa de ellos”.

En este barrio, en esta ciudad, las madrugadas parecen eternas.

Diego Enrique Osorno/Chihuahua, enviado, Milenio, 3 de febrero.

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