Miedo es lo que sintió cuando en 2005 el huracán Stan le arrebató sus cultivos, pero también cuando observó cómo los ríos arrastraban árboles, animales, casas, escuelas, edificios públicos y vidas. Y dice, “ahora ya vivimos con temor”.
Alejandro Aguilar, campesino, coincide en que el miedo que la gente siente en la sierra de Chiapas surge cuando las lluvias se prolongan por tres o cuatro horas. “Hay lluvia pero es extrema. Hay calor pero es extremo y la producción es aún más baja”.
La organización ambientalista internacional Oxfam realiza en México las llamadas “Audiencias Climáticas”.
En noviembre pasado organizó un foro con los trabajadores del campo chiapaneco, en Tuxtla Gutiérrez, para conocer sus testimonios sobre cómo el cambio climático ha impactado su producción de alimentos y sus vidas.
Merly Santizo asegura que los campesinos como ella tienen que laborar bajo un sol “que quema” y pese a sus largas jornadas trabajando la tierra “la cosecha no queda bien”.
Dicen que, además de los daños a los cultivos se profundiza la pobreza.
Teodoro Gutiérrez asegura que por ese motivo los hijos de los productores prefieren emigrar a Estados Unidos.
Edelmiro López dice: “Muchos han emigrado por falta de sustento y eso nos ha dividido familiarmente. Antes, nuestro sustento y lo que nos unía era la producción y eso ha cambiado”.
El agricultor Rodrigo Galván reconoce que esta actividad ha contribuido de alguna manera a los cambios extremos del clima “porque usamos químicos y talamos la madera y quienes más dañan el ambiente son las transnacionales, pero aquí todos somos responsables. Unos más, otros menos”.
Ruli de Jesús, otro campesino, lamenta que a cinco años de que el huracán Stan los golpeó “el gobierno no tenga un plan emergente para ayudar a la gente que se quedó sin cosechas... no hay nada claro”.
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