Van, paso a paso, andando sobre rieles y durmientes, por aquí donde transita el tren al que se montan los migrantes centroamericanos en su travesía por hostiles y calientes tierras mexicanas. Van, paso a paso, deteniéndose una y otra vez donde encuentran gente,
ixtepecanos.
Ahí, ante los lugareños que los observan con más recelo que cordialidad, vencen la timidez y sacan sus fotitos, sus cartulinitas. Se las muestran: tienen los rostros y nombres impresos de sus desaparecidos. Apenas las voltean a ver. Les ruegan que les den otro vistazo. Simulan que miran: desdén.
Una de estas mujeres, Tomasa, de 30 años, quiché de Chichicastenango, Guatemala, ataviada con hermosas falda y blusa típicas de su zona, muestra los datos de su esposo Pedro Morales González, desaparecido el 26 de abril de 2007 en Ciudad Victoria, Tamaulipas (desde ahí le llamó la última vez), y les implora con su escaso español, habitual en algunas mujeres de habla maya:
—Por si lo mira… Por ahí… Caminando… ¿Me llama?... —se ilusiona por unos instantes la mujer con una muequita que parece media sonrisa, pero… en segundos, ante el silencio obtenido por respuesta, se vuelve gesto de angustia, de desolación. De abandono. Cuánto dolor se le mira en sus ojos oscuros que se inundan de lágrimas de incomprensión. De desamparo.
Como Tomasa es de origen campesino muy pobre (su hombre sembraba maíz y cultivaba manzanas) y no tiene teléfono en su casa —ni hablar de un móvil—, con su mirada acuosa y apagada les suplica a los oaxaqueños que escriban en algún lado el número telefónico de la Procuraduría de Derechos Humanos de Guatemala. Nadie anota algo: la ven pero no la miran, silueta que oyen pero que nadie escucha.
Tomasa vence el encorvamiento momentáneo y, de nuevo erguida, con impertérrita dignidad reflejada en el rostro, da pasos cortos pero firmes y se aleja hacia su querencia, hacia las vías. Y sigue, paso a paso, repitiendo su desgarrador y vano acto de ilusión, de búsqueda y ruego por una buena nueva.
—Ayer en el panteón de Arriaga, Chiapas, cuando ustedes rezaban frente a las fosas comunes donde están enterrados decenas de migrantes sin nombre, desconocidos, usted lloraba, Tomasa… —se le recuerda. Ella mira un instante a quien le pregunta, suspira, los ojos se le ponen rojos, extrae fuerza del desgarramiento y, lentamente, dice:
—Tristeza… De repente ahí está mi esposo, en la tierra… No sé si esté muerto… Él sólo quería trabajo…
Caravana de historias de súplicas en las vías…
***
Falta poco más de una hora para que la máquina sobre rieles se marche. Cientos de centroamericanos se protegen del abrasante sol bajo las entrañas del tren, en la sombra de las vías. Ahí aguardan. Beben agua, comen un bocadillo, fuman tabaco, un par de ellos le da fuego a un carrujo de mota. Algunos, protegidos con cachuchas, ya toman lugar en los techos de los vagones. Ahí, un salvadoreño, amateur en las lides migratorias, no entiende, o no quiere entender, lo que los más experimentados hablan:
—¿Desaparecen? ¿Cómo que desaparecen? —cuestiona sobre los secuestrados, los levantados. Pone ojos de incomprensión, de… “¿qué?”, hasta que un veterano compatriota suyo de paliacate y mirada chispeante le suelta:
—Compita, no desaparecen… los desaparecen… —le explica arrastrando el artículo quien dice llamarse Tony.
Caravana con clases de semántica.
Juan Pablo Becerra-Acosta M./Enviado, Milenio, 29 de julio.
Entre las vías, suplicando por una buena nueva…
Derechos Humanos, Migración Medios México viernes, 29 de julio de 2011 0 comentarios
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