“Aquí hay gente bien peda y loca”

Apenas puede mover el cuello. Le duele tanto que al hacerlo, cierra los ojos para no llorar. Sus ojos de por sí llevan la huella morada de las pedradas que le arrojaron una mala noche, cuando se atrevió a compartir sus ilusiones en una cantina. Se llama Alonso y sabe bien cómo los migrantes viven el miedo en las vías del tren de Lechería.

El Estado de México es, para Alonso Romero Pescador, su sueño mexicano. El joven, de 29 años de edad, viaja tres veces al año desde Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, hasta Tultitlán, para buscar trabajos temporales que le permitan pagarse una vida junto a su novia y el bebé que esperan.

Alonso prefiere subir al tren, como hacen los migrantes centroamericanos. No había tenido problemas hasta la tarde del sábado 13 de agosto, cuando se topó en una cantina a un pollero originario de Honduras, llamado El Catracho, a quien le contó que traía 350 pesos para volver a Chiapas.

“Me encontré unos paisanitos y nos fuimos a tomar nomás una cubeta y que llega El Catracho. Como yo andaba bien pedo, me saqué el dinero del pantalón y lo guardé en un calcetín….Y él vio”, cuenta Alonso.

“Ya más de noche, tábamos tirados acá en las vías y que llega y me empieza a decir: ‘¿Qué pedo, Chiapas?’. ‘¿Qué pedo, Catracho?’, le contesté. ‘Móchate con 25 o 35 pesos pa’ armarme una piedra (de cocaína)’. Yo le dije que si los quería, me los iba a tener que quitar y en eso agarró una piedra y me pegó”.

El Catracho le quitó todo el dinero y de recuerdo, le dejó los ojos amoratados, dos cortadas en las sienes y lesiones en el cuello y el pecho. Por eso, Alonso no puede correr como el hondureño quien, asegura, en los últimos dos años es el principal asaltante de migrantes en las vías de Lechería. Y nadie lo ha detenido.

“Aquí ha de seguir, acá sigue”, dice con sus labios hinchados, “de repente viene y dice que trae 20 mil pesos y se los echa de volón, nomás en la droga”.

Alonso cree que sus heridas deben curarse, si todo sale bien, con la cajita de Diclofenaco que le entregaron en el dispensario de la comunidad.

No tiene adónde ir: en la Casa del Migrante Juan Diego no lo aceptan porque no es centroamericano y ya no tiene dinero para volver a Tuxtla Gutiérrez.

“No le quiero hablar a mi mamá y contarle esto, no quiero”, solloza como si lo estuvieran regañando, “me fui pa’ que viviera en paz y no puedo hacerle esto”.

Con una toalla sobre su cabeza para protegerse del sol, Alonso extiende su cuerpo en una piedra junto a las vías. El humo de las fábricas no le apagan las ganas de hablar sobre los ladrones, los vecinos, la policía municipal y todo aquello que deben enfrentar los migrantes en su viaje hacia el norte..

“Nosotros somos tranquilos y nos tumbamos allá en los árboles pa’ tomar, fumar, echarnos un toquecito de mota, pero todo acá, tranquilos”, cuenta, “pero hay gente que andan también allá y se ponen bien pedos, bien locos, se la truenan y hacen popó en la calle y dejan todo lleno de basura, por eso luego la gente se anda quejando.

Por eso unos pagan por gente que no vale”, termina. Atrás, el tren pasa.

Adriana Esthela Flores, Milenio, 17 de agosto.

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