Cargan migrantes años de descuido

SALTILLO.- El sacerdote Pedro Pantoja Arreola, quien desde hace más de una década encabeza Belén Posada del Migrante en Saltillo será reconocido el próximo 12 de octubre en Washington con el Premio Internacional de Derechos Humanos Letelier Moffitt, del Institute for Policy Studies (IPS).

Será el segundo mexicano en recibir el reconocimiento, después del Obispo Samuel Ruiz.

Pedro llegó a Saltillo cuando la ciudad tuvo noticia de sus primeros migrantes asesinados: Delmer Alexander Pacheco Barahona y José David "El Moreno". El 25 de mayo de 2002, los hondureños de 16 años fueron acribillados mientras dormían junto a las vías del tren tras recorrer miles de kilómetros.

Después otro migrante, Ismael, fue apedreado hasta morir.

El Obispo de la ciudad, Raúl Vera, nombrado en 1999, decidió reforzar el trabajo de dos monjas en una casa que abrieron para migrantes y llamó al párroco al que conocía en los caminos del trabajo social y ex compañero en la Pontificia de México.

Pantoja presidía entonces en Ciudad Acuña el albergue Emaús, dedicado a los derechos de los migrantes.

"Era urgente, no había opción ni tiempo para preparar un proyecto", afirma. Él y las religiosas recibieron una bodega que, con los años, acondicionaron como albergue que a la fecha ha recibido a más de 50 mil migrantes.

Aunque ha sido testigo de cómo el crimen y la corrupción han vuelto intransitable el camino para los centroamericanos, no olvida los nombres de aquellos primeros asesinados.

De hecho, él y su equipo fueron de los primeros en denunciar los secuestros y asesinatos de migrantes, lo que alcanzaría su punto más alto en los 72 fusilados de San Fernando y en las fosas de Tamaulipas.

Esa defensa ha tenido un costo. Hoy, Belén Posada del Migrante vive, al igual que sus huéspedes, un calvario de acciones intimidatorias que, a decir del sacerdote, ha puesto a los voluntarios del hogar al mismo nivel que las víctimas.

Pese a tener medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, este espacio carece de la seguridad de 24 horas y de cámaras de vigilancia que la autoridad está obligada a brindar al sitio.

Alberto Xicoténcatl, director operativo de Belén, describe al Padre como un hombre sereno que, en los momentos difíciles, suele escuchar a su equipo y atender sus sugerencias.

El camino de Pedro a favor de los viajeros inició cuando la región se deprimió económicamente.

"Hubo mucho agravio de la policía (...) una atrocidad usual que sufrían era ser lanzados del tren en marcha por los guardias, por lo que muchos terminaban amputados de brazos o piernas.

Pedro se encargaba de conseguir fondos para prótesis y para curarlos.

Luego vendrían los secuestros, torturas y crímenes, que a Pedro ahora le llegan en cascada.

Recuerda historias como la de los migrantes que en una casa en Tenosique vieron cómo a un compañero que se negó a dar a los secuestradores los teléfonos de sus familias y éstos lo despedazaron a machetazos y lanzaron sus partes a un foso con cocodrilos o a la comida de ese día para los detenidos.

Alberto, psicólogo egresado de la Universidad Iberoamericana, narra otras historias referidas por migrantes: embarazadas golpeadas hasta abortar; hombres forzados a pelear con mazos entre sí hasta la muerte; bebés que al nacer son separados de sus padres.

"Esto no es exclusivo de fronteras: te puedo decir que en todo el País está sucediendo esto con los migrantes".

El nivel más alto fue la masacre de los 72 migrantes y las fosas clandestinas en Tamaulipas y otras entidades. Situaciones ya denunciadas por Pedro muchos años antes, en vano.

"Alguien permitió que creciera esta crueldad", advierte y se desencaja por la indignación.

Sin haber recibido nunca apoyo oficial, anhela ampliar las instalaciones y consolidar su proyecto de concientización social, porque aspira a que todos los migrantes se vuelvan defensores de otros caminantes y vuelvan a Centroamérica para reconstruirla como alcaldes, ministros, profesores.

El sacerdote toma con modestia el reconocimiento de octubre, aunque sabe que con ello su denuncia se escuchará más fuerte.

"Para mí la alegría más grande es cuando un migrante llama al llegar a Estados Unidos.

"Saber que llegaron bien y que están trabajando nos dice que hemos cumplido y que ese migrante un día regresará a su Patria para reconstruirla y hacerla mejor".

Daniel de la Fuente, Reforma, 21 de agosto.

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