Angie Griselda, de 21 años, quien conoció a Julio Fernando Cardona en la Caravana Paso a Paso por la Paz, que partió el 26 de julio de Chiapas, se aferra a la fotografía, que resultó ser la última del migrante guatemalteco.
La acaricia, la limpia, la comparte unos minutos con sus compañeras y la vuelve a guardarla en un libro que aún no se ha perdido entre el montón de ropa, mochilas y sábanas que inundan su recámara en la Casa del Migrante Juan Diego.
“Yo lo quería como a un hermano, sentía por él un gran aprecio. Hasta bromeaba conmigo y me preguntaba que qué pasaría si yo fuera su novia”, dijo.
La joven hondureña, quien busca llegar a Maryland, fue la confidente de Julio. Se enteró de sus planes de encontrar a sus familiares en Boston y luego trabajar para enviar dinero a sus padres y hermanos. “Era un muchacho bueno y servicial. Quería un mejor futuro”, dice.
Julio pasaba el tiempo jugando baraja y cantando, aunque también había algo constante en él: su miedo. “Siempre me decía ‘¿Sabes qué? Tengo mucho miedo. Hasta los pelos se me engrifan’, me decía. Yo le decía que él era hombre, que era valiente.
El viernes 5 de agosto, Julio le pidió que se tomara una fotografía a su lado, pero Angie . Él tuvo que rogarle: “Tómate la foto, anda, que va a ser para toda la vida”. Con la condición de que estuvieran otros cuatro compañeros del albergue, Angie finalmente aceptó y sonrió: ahí quedó guardada una de las últimas sonrisas de Julio.
Ella está tranquila y prefiere pensar en Julio como si todavía estuviera vivo, con su eterna camiseta roja volviendo al albergue para entregarle el último regalo que le prometió: una tarjeta de amistad.
México • Adriana Esthela Flores, Milenio, 19 de agosto.
“Julio era un muchacho bueno que siempre tenía miedo”
Derechos Humanos, Migración Medios México viernes, 19 de agosto de 2011 0 comentarios
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