Migrantes saturan morgue en Arizona


TUCSON.— Llegó a Estados Unidos sin papeles. Seguramente caminó por horas y hasta días. Seguramente el sol le cayó a plomo. Seguramente se deshidrató. Tal vez se dejó simplemente caer. Soltó el cuerpo pero su pierna izquierda alcanzó a quedar doblada. Seguramente no sintió dolor al morir.
Quienes lo encontraron y quienes lo tienen apuestan a que es mexicano.
Hoy sólo porta el número 166. Permanece a 4 grados centígrados metido en una bolsa, en la que también están sus pertenencias, en el refrigerador de la Oficina de Medicina Forense de Pima, en los alrededores de Tucson. En el frigorífico que alberga decenas de cuerpos que son encontrados en medio del desierto.
Y es que Arizona eso tiene. Un inmenso desierto desde donde se yerguen miles de sueños y centenares de frustraciones que hombres, mujeres y niños viven al intentar alcanzar el tan vociferado y hasta mortífero “sueño americano”.
En medio del desierto, Tucson es el oasis que llega a tener hasta más de 45 grados centígrados en el verano y cuenta con grandes refrigeradores que han alcanzado temperaturas bajo cero por la cantidad de restos, con y sin nombre, que llegan porque son encontrados en el camino hacia lo que pretendía ser un mejor futuro.
“El sur de Arizona es muy complicado para la migración. La gente comenzó a internarse por esta zona, mayormente a finales de los 90. Para 2001 se tenían 75 muertes en el desierto, en 2002 eran casi 150, ya para 2012 fueron 157. Las cifras cambian cada año”, comentó Bruce Parks, jefe del forense que se ubica en el condado de Pima adscripción de Tucson, en Arizona.
Es la única morgue en todo el sur de Estados Unidos que cuenta con capacidad para más de 280 cuerpos; con antropólogos forenses; que hace pruebas de ADN y con la que el gobierno de México tiene un convenio y en donde el Servicio Médico Forense (Semefo) mexicano participa.
En el año 2000 se erigió el inmueble, mismo que casi 900 días después se vio insuficiente para almacenar los restos de centenares de, seguramente migrantes, que comenzaron a llegar. Ante la incapacidad, para 2006 se tuvo que adquirir un camión que sirvió como unidad frigorífica alterna al refrigerador principal, porque ya no había espacio.
Son más de mil 800 los cuerpos que han pasado por ahí con y sin nombre, pero todos comparten cosas en común: llegaron a territorio de Estados Unidos pero cayeron en el camino y hoy todos portan un número de registro.
Labor titánica
La tarea de la Oficina de Medicina Forense de Pima es identificar cada uno de los restos que recibe. La labor es titánica, sobre todo cuando no les llega más que un fémur, una clavícula o la mitad de un cráneo, y a todo ello hay que encontrarle su personalidad jurídica.
Bruce Parks afirmó que el trabajo es arduo, rudo, trágico, pero en más de una década, junto con su equipo, han logrado la identificación de decenas de cuerpos, esqueletos o simplemente restos óseos.
Trabajan de la mano con el consulado de México en Tucson, a quien apenas llega un nuevo miembro a la morguey avisan de inmediato.
Y es que la mayoría de los caídos son mexicanos, pero también hay guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, el problema es que los centroamericanos no cuentan con una representación diplomática en Tucson y México ayuda.
“En términos de identificar a la gente es complicado. Empezamos por buscar entre las pertenencias. Los mexicanos, los hispanos en general, traen consigo fotografías, números de teléfono, cicatrices, tatuajes, estampas religiosas, dinero. A partir de la ropa que usan también podemos tener idea de qué nacionalidad son”, relató Parks.
Pero cuando el hallazgo ha sido un esqueleto o simplemente huesos regados, la tarea de identificación pasa al antropólogo forense.
Bruce Anderson es el antropólogo forense de la morgue en Pima y aseguró que su primera tarea, cuando recibe apenas unos cuantos huesos, es identificar si éstos pertenecen a una persona o son de un animal que también cayó en medio del desierto.
“Nuestra labor es identificar si los huesos son de hombre, de mujer; si era alto, bajo. Muchas veces podemos saber un poco la nacionalidad por la estructura ósea. Los hispanos tienen un tipo de estructura distinta a los anglosajones, a los africanos, por ejemplo. Pero nuestra labor no es identificar la nacionalidad, sino la parte biológica”, comentó.
En la morgue se hace mucha labor. Si el cuerpo llega completo, platicó Anderson, se le toman huellas dactilares y éstas se cotejan con la base de datos, incluso del FBI y de las cortes estadounidenses, para saber si la persona había sido ya detenida alguna vez y en consecuencia saber quién era.
Las manos, añadió, son una parte muy importante del cuerpo, pues es de ahí desde donde se puede saber quién era la persona. En ocasiones el cuerpo puede ser encontrado en muy mal estado, pero las manos con sus huellas dactilares quedan en buen estado. En consecuencia se separan del cuerpo y se procede a intentar hacer el reconocimiento.
Si se trata sólo de restos óseos, los antropólogos en el forense se saben el camino. Saben definir si los huesos llevaban dos, tres o hasta cinco años en el lugar, el color y la porosidad los definen. Para identificar, se procede a la toma de muestra de 5 a 10 centímetros de hueso para enviarlo al laboratorio y que se haga la prueba de ADN.
Con ello, la morgue, y en consecuencia el Gobierno de México, han podido constituir una base de datos que resulta de enorme funcionalidad para quienes buscan a su familiar.
El equipo
En la morgue de Pima trabajan 32 personas, 11 son investigadores que se dedican exclusivamente a la identificación de restos.
Eugenio Hernández, un méxico-americano de segunda generación, es el jefe de los investigadores. Tiene a su cargo abrir y cerrar el refrigerador que ya para este 2013 ha sido ampliado y puede almacenar unas 280 bolsas con restos.
“Aquí han llegado hasta cinco cuerpos por día, pero depende de la época del año. En el primer año aquí, en el 2000, de Yuma llegaron 14 cuerpos tan sólo en un fin de semana; 2005 fue el año más bravo, llegó tanta gente que pensamos que esto era ya un problema, por eso cambiamos todo.
Ahorita no tenemos tantos, pero siempre hay trabajo, siempre llegan dos o tres cuerpos”, narró Hernández.
En la morgue los cuerpos, los restos óseos, no pueden permanecer de por vida. Si no son identificados, susmuestras genéticas se almacenan en la base de datos y los restos son enviados a las autoridades del condado para que sean colocados en el lugar pertinente.
El consulado de México en Tucson, a cargo del ministro Juan Manuel Calderón, logró hacer un convenio para evitar que los restos se pierdan en la fosa común. A la autoridad mexicana se le informa en dónde quedaron los restos, ello con la esperanza de que la familia aparezca y reclame.
Anna Ochoa O’Leary, de la Universidad de Arizona, trabaja en un proyecto para crear un protocolo de pasos a seguir cuando un cuerpo sin vida es encontrado en mitad del desierto.
El objetivo es tener una mejor idea de cómo se hacen las cosas para la identificación. Crear un protocolo en donde se especifiquen las medidas a seguir para tomar muestras de ADN, por ejemplo, y decirle a la gente en dónde se puede hacer el trabajo, que en Texas, en California, se sepa y se estandaricen las formas”, indicó.
La intención, añadió Ochoa O’Leary, es generar un archivo general con información genética.
Por lo pronto, el número 166 que permanece en el congelador de la morgue continúa a la espera de que le sea asignado un nombre. Fue encontrado apenas el 18 de febrero pasado en medio del desierto. No se le encontró ningún elemento que permita su identificación. Tiene entre 45 y 50 años. Se presume que es mexicano.
Ariadna García enviada, El Universal, 24 de marzo.

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