Del muro... tan sólo rumores

HIDALGO, Texas. — Granjeno vive entre rumores y Daniel Garza, que nació en el mismo lugar donde ha vivido hace cerca de 80 años, se quiere aferrar a la idea de que el último de ellos será cierto. “Si no es así, la barda pasará por aquí”, dice con una voz parsimoniosa, mientras con la mano apunta hacia la mitad de la sala, el área exacta de 45.72 metros por donde el muro fronterizo partiría su casa como si fuera un limón.

El último de esos rumores que escucharon los vecinos de Granjeno, un pueblito donde no habitan más de 500 hombres, mujeres, niños y viejos, fue que el muro que el gobierno de Estados Unidos construirá a finales de año a unos kilómetros de Tamaulipas no pasaría como un sable por la mitad del pueblo, sino unos metros más al sur, detrás de los bordos que se levantaron para contener las aguas del río Grande, como aquí llaman al río Bravo, cuando se desborda con las lluvias.

“No sé qué contestar cuando me preguntan qué pasará”, dice Daniel Garza frente a una mesita con fotos de sus hijos y un nieto que está en la Infantería de Marina. En el patio hay un árbol de 100 años cuya vida terminaría con el paso del muro.

Un reportero de Los Angeles Times llamó hace un mes para decir que la barda sería construida fuera del pueblo. “Pero nadie en el gobierno ha dicho nada, así que vivimos entre rumores. No sabemos si nos echarán pa´fuera”. Nadie sabe qué sucederá con el muro fronterizo, pero como si fuera uno de esos vientos indeseados el tema se ha metido en todas partes: en las casas de Granjeno, en la iglesia del padre Roy, en las primeras planas de los periódicos más importantes del país y en las mesas de debate de los candidatos a la Presidencia de Estados Unidos.

Los rumores mantienen en estado de sobresalto a todos en Granjeno y otros pueblos cercanos: ricos y pobres, empresarios que poseen bares y quienes heredaron tierras hace cientos de años.

No a un ‘símbolo de hostilidad’

Muchas de las propiedades fueron heredadas a los vecinos de esta región pobre de Texas por el rey de España, en 1747. Desde entonces esas tierras han pasado de generación en generación en las mismas familias, aunque algunas fueron vendidas. Otras que serían atravesadas por el muro fronterizo están sobre la carretera 281, que va de Brownsville hasta pequeñas comunidades como Las Milpas, El Calaboz (sin o), Las Lomitas y Misión, un pueblo donde está la iglesia de la Virgen de Guadalupe.

“La idea de construir el muro fronterizo es una locura y un símbolo de hostilidad”, dice el padre Roy, como lo llaman con cariño. Durante muchos años se ha dedicado a ayudar a la comunidad que llega a su iglesia, incluyendo a los inmigrantes que tocan la puerta chorreando agua, sin zapatos y hambrientos.

“Este pueblo ha visto muchas cosas: la guerra civil, plagas, la paranoia comunista de los 50 pero nunca un muro que nos apartaría del mundo”.

Antes llegaban hasta 10 inmigrantes por semana en busca de ayuda, pero el padre Roy no recuerda cuándo vino el último. “Vienen a trabajar y se les trata como criminales. Todo el mundo sabe que los terroristas del 11 de septiembre cruzaron la frontera por Canadá. ¿Por qué no levantan el muro allá?”.

Alberto Magallán está parado en el filo del bordo más al sur de Granjeno, desde donde se ve el río Bravo. Recuerda que cuando era niño, hace unos 70 años, mucha gente cruzaba a nado para venir a trabajar y por la noche volvía a México. “Ahora ya nadie juega por aquí”. Dice que el muro es una revancha de Bush porque en Granjeno todos son demócratas. “Eso es al menos lo que dicen los rumores”.

Nota de Wilbert Torre, enviado, El Universal, 2 de marzo.


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