Contundente rechazo de los defensores del petróleo a la reforma de Pemex

Eran las siete de la noche con siete minutos cuando esta crónica vio a la primera persona que cruzaba con crayón rojo su boleta para decidir la etapa final de la lucha contra la privatización de Petróleos Mexicanos (Pemex). Y una hora y un minuto después vio la primera urna de la que se extraían las papeletas para iniciar el recuento. En la urna 10 no habían participado muchos: por la opción uno –“aceptar lo que ya se ha logrado”– se inclinaron 24 militantes, mientras por la dos –“iniciar las protestas para impedir que la reforma se apruebe”– lo habían hecho 26, en tanto tres más anularon su intervención.

“Ganó el no por una nariz”, dijo una señora que fungía como presidenta de la mesa 10. En la 9, otra mujer, llamada Amanda Bautista, encargada del conteo, reveló que éste había finalizado con una clara victoria de la opción dos (50 votos) contra 20 de la uno, mientras en la mesa 6, cuyos guardianes se negaron a mostrar los resultados concretos, un señor dijo que “la dos arrasó con 90 por ciento”.

Esto ocurría sobre la acera de la Alameda Central, en el tramo que va del Hemiciclo a Juárez a Bellas Artes. Al otro lado del parque, a espaldas del monumento en honor del Benemérito, los resultados de la mesa 56 eran aún más contundentes: 49 votos para la uno, 292 para la dos. Y en las urnas colocadas alrededor de ahí, así como en la acera de la Alameda que va hacia la Plaza de la Solidaridad, las cifras eran similares.

Desde las ocho y media de la noche se mascaba ya una aplastante victoria del no a la reforma energética, al menos hasta que ésta no contenga una prohibición explícita a que el territorio nacional y los mares de México sean divididos en bloques o áreas en los que las empresas privadas, nacionales o extranjeras, podrían explorar y explotar pozos petroleros.

“Es maravilloso, es una gran lección; el movimiento realizó un plebiscito en dos horas, debería darle vergüenza al IFE”, comentaba un hombre entre los representantes del Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear, Daniel Trujillo, y José Antonio Almazán, del Mexicano de Electricistas.

No dejaba de ser cierto. Aunque desde el martes por la mañana se sabía que la única cuestión “inaceptable” que aún faltaba por eliminar de la reforma petrolera, sería resuelta en votación por las bases del movimiento, incontables personas se llevaron una gran sorpresa al llegar al hemiciclo ayer por la tarde y encontrarse con que había mesas de votación, urnas con ventanas transparentes, papelería, crayones y tinta negra para marcar el pulgar de quien accediera a participar en el ejercicio.

¿En qué momento, cómo, de dónde salió toda esa estructura? Del equipo de trabajo de Octavio Romero Oropeza, secretario del “gobierno legítimo”, a quien Andrés Manuel López Obrador le encomendó la tarea. Y vestido de negro riguroso –en recuerdo del embajador Gustavo Iruegas, quien falleció de cáncer ayer por la tarde en La Habana, donde era atendido por un equipo de especialistas cubanos–, Romero Oropeza tomó la palabra, exactamente a las siete de la noche, para explicar las sencillas reglas del juego.

Dos horas y 15 minutos después, de pie en el templete, entre Jesusa Rodríguez y Porfirio Muñoz Ledo, y con la misma solemnidad, dio a conocer los resultados en los siguientes términos: “Ciudadano presidente legítimo de México, Andrés Manuel López Obrador. Se instalaron 111 casillas, y con el conteo de 107 de las mismas, le informo que participaron 17 mil 337 personas, de las cuales 4 mil 713 votaron por la opción número uno, lo que equivale a 27.2 por ciento del total, y 11 mil 999 por la dos, es decir, 69.2 por ciento. El número de boletas anuladas es de 635, o sea, 3.6 por ciento. Es cuanto, señor presidente”.

A esas alturas, sin embargo, ya no había en la asamblea más de 5 mil personas, agotadas luego de permanecer en la calle desde las cuatro de la tarde, gritar consignas, ondear banderas, sostener estandartes, escuchar los discursos del embajador Jorge Eduardo Navarrete y el senador Pablo Gómez Alvarez, que expusieron con detalle los pros y los contras de los acuerdos alcanzados por los legisladores del PRI y del PAN con los del Frente Amplio Progresista en el Senado, antes que Andrés Manuel López Obrador, con la voz entrecortada por la visible tristeza que sentía, pidiera un minuto de silencio en memoria del secretario de relaciones exteriores del gobierno legítimo, su amigo entrañable, el maestro Gustavo Iruegas.

La muchedumbre, que pasadas las seis de la tarde era cercana a las 20 mil personas, bajó la cabeza y hasta los vendedores de golosinas acataron la petición, de modo que por unos instantes quedó sonando muy lejos, al fondo, el ruido del tráfico en el eje Lázaro Cárdenas, por un lado, y por el otro, en Reforma.

López Obrador hizo un discurso neutro, en el que no mostró su preferencia por ninguna de las opciones que iban a ser sometidas a votación; incluso, no pocas personas creyeron, o quisieron entender, que de algún modo intentó orientar las preferencias mayoritarias hacia la uno. Sin embargo, en cuanto se supo el resultado final, reveló su abierta inclinación por la opción dos, y argumentó en favor de ella con elocuencia.

“Si hubiéramos dejado pasar la reforma así como está, mañana nos dirían ya le dieron un bloque del Golfo de México a Repsol, otro a Shell, otro a Halliburton. ¡Imagínense! ¿Cómo íbamos a quedar quienes luchamos por impedir la privatización de la industria petrolera nacional? Pues no. ¡No lo vamos a permitir!”, expresó vehementemente.

Acto seguido, y con idéntico entusiasmo, citó a las bases del movimiento a una concentración a partir de hoy a las siete de la mañana, y adelantó que pedirá a los defensores de Pemex que vengan a la ciudad de México desde todo el país, a impedir que la reforma, tal como estaba redactada anoche al cierre de esta crónica, sea aprobada por la alianza del PRI y del PAN con los legisladores perredistas de Nueva Izquierda, que ayer, por cierto, no estuvieron presentes en la asamblea ciudadana.

Jaime Avilés, La Jornada, 23 de octubre.


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